Epistolario

Juana Borrero
Para mi querido ingrato
Carlos, ángel mío: esta mañana muy temprano me levanté y salí de mi cuarto, contraviniendo órdenes superiores porque has de saber que estoy bastante delicada de salud en estos días y me han ordenado que esté recogida.
Pero se trataba de esperar carta tuya, y ¿qué recomendación podría impedirme esperarla? Oye: yo no quiero culparte… no lo hago, porque el reproche, indica por sí solo falta de afecto o por lo menos olvido voluntario de promesas sagradas, y yo no quiero creer que tu conducta conmigo obedece a causas voluntarias de parte tuya sino a circunstancias contra las cuales no pudieras tú hacer nada.
Conste pues que te disculpo y que te absuelvo… Sería demasiado doloroso para mí ver mi cielo nublarse al despuntar la aurora… Tú sabes que yo soy muy sensible.. Cualquier lastimadura me duele como una herida… y mi triple decepción de estos días me ha dolido mucho, mucho!
No es por otra parte un sentimiento egoísta el que anima estas palabras… ¡No! El deseo de saber de ti, la ansiedad de ver letra tuya, y la tristeza de verme lejos de ti alma mía, son los sentimientos que hacen brotar la queja de mis labios y llenar de desconsuelo mi pobre corazón que tanto te ama! ¡Perdóname!
¡Estoy tan triste en estos días! Con qué ansiedad esperaba tu carta! ¡Ay amor mío! ¿Sabes tú lo que es amar y no saber si se es amado? ¡No lo sabes? Pues entonces no te explicas mi tormento… Anhelo oírte disculpar tu olvido. La primera disculpa la creeré porque no quiero dudar de ti cuando empezaba a creerte sincero… Pero te suplico que seas compasivo… yo quiero ser humilde contigo porque la soberbia a nada conduce en estos casos… Así te suplico me perdones la carta de esta mañana y procures serme fiel. Cada olvido de tu parte es una tristeza nueva en mi pobre alma! Adiós bien mío! Ten piedad de mí!…
Ámame, ámame! Yvone.